
Llevo más de la mitad de mi vida corriendo casi a diario y si alguien me pregunta por qué lo hago no sabría qué responderle.
Comencé a correr a la edad de 19 años, al comienzo del Servicio Militar, allá en la lejana y poco exótica Ceuta cuando un tipo desgarbado, cejijunto y murciano me animó a calzarme las zapatillas y acompañarle hasta la frontera con Marruecos para matar el tedio que ya se adivinaba en los albores de la mili. Al principio accedí más por aburrimiento y miedo al triste panorama que se avecinaba que por otra cosa. Recuerdo que en los entrenamientos de baloncesto del colegio de los Maristas la parte de correr era la más tediosa con lo que no auguraba un final feliz o al menos continuista a esta aventura pedestre. De hecho, el primer día acabé doblado pues mi compañero de fatigas pertenecía a un club de atletismo de Murcia, hecho del cual me enteré justo a mitad de una terrible cuesta que cruzaba el barrio del Príncipe de parte a parte y aunque ya estaba arrepentido de mi deportiva decisión el amor propio de adolescente soberbio me impedía desistir de mi empeño de regresar al cuartel brincando sobre mis desentrenadas piernas. Aquella noche las agujetas y algún que otro ronquido no me dejaron conciliar el sueño pero a la mañana siguiente me encontraba extraña y dolorosamente bien lo que me animó a repetir la experiencia y esta vez no tuve agallas ni piernas para llegar a meta derrumbándome como un fardo justo al final de la maldita cuesta del Príncipe ante la indiferente presencia de camellos, caballas y alguna putilla despistada. Aquí presentí que finalizaba mi carrera como corredor de fondo y que volvería a la vida de contemplación y meditación alcohólica que hasta entonces había llevado a rajatabla siguiendo la máxima de mi amigo Juanito de que correr es de cobardes y disfrutando los deportes por televisión que es como realmente se gozan sin miedo a que te dé un síncope o te partas la tibia por seis sitios distintos.
Regresaba con paso lisonjero hacia el cuartel cuando un sentimiento de vergüenza y pudor me abordó y comencé a plantearme realmente la posibilidad de acostumbrar mi cuerpo a la soledad del corredor de fondo y fueron estos encontrados pensamientos los que me llevaron cabizbajo hasta el día siguiente cuando haciendo frente a los dolores que apenas me dejaban mover las piernas, volví a calzarme las zapatillas (no muy adecuadas para correr, la verdad sea dicha) y me lancé con más valor que fuerza a la ruta que comenzaba a convertirse en rutina. Paco el murciano me jaleaba desde la comodidad que le permitía su infinito fondo y yo, con la vista clavada en el suelo y cagándome en la puta madre que lo parió, jadeaba como una perra en celo mientras el dolor en las piernas acababa por enquistarse y ya formaba parte de mí. Al acabar aquella dantesca jornada, Paco se acercó a mí con una franca sonrisa en los labios y me dio la enhorabuena por una capacidad de sacrificio inusual y me conminó a continuar: "si continúas corriendo 14 días más ya no podrás dejarlo nunca. Estarás envenenado."
Y el muy cabrón tuvo razón. Desde aquellos lejanos días de finales de los 80 apenas he dejado de correr los fines de semana o cuando las lesiones me han tumbado. Conseguí perder 10 kilos durante la mili y regresé a Zaragoza hecho un pincel y, sobre todo, con una capacidad de resistencia psicológica que me ha ayudado en los momentos más duros de mi existencia.
Al regreso a la vida civil mantuve mi nuevo vicio en un principio porque me ayudaba a mantenerme en forma pero lo que no sabía entonces era que estaba creando una dependencia. Solía ir al Parque Grande que no estaba precisamente cerca de casa con lo que tenía que ir en coche pero ese ritual inquebrantable de lunes a viernes en el que sobre las ocho de la tarde aparcaba en las piscinas del Salduba, estiraba mis por entonces tersas y flexibles articulaciones, daban paso a cuarenta minutos de carrera continua a ritmo cada vez más vertiginoso. Al finalizar me tumbaba derrotado sobre la hierba y contemplaba el cielo sintiéndome bien sin más pretensiones. Todavía cuando visito el parque en mis espaciadas visitas a Zaragoza vuelven a mí esas sensaciones de paz y bienestar que me ayudaron en aquellos años a sobrevivir, a no tirar mi vida por el retrete y, por qué no decirlo, a moldear unas piernas francamente bonitas (o al menos eso me decían algunas compañeras de alcoba).
No tardé mucho en abandonar mi ciudad y comencé nuevos periplos con más pena que gloria pero jamás dejé de correr. El veneno se había apoderado de mí y fuera donde fuera nunca faltaban mis zapatillas y cualquier artilugio que escupiera música. He corrido en Londres, Viareggio, Formigal, Barcelona, Santander, Canfranc, Torrevieja, Islantilla, Jaca, Morro Bay... Especialmente significativo fue el primer día que corrí en el Centra Park neoyorquino. Cuántas veces había vivido aquella escena para comprobar que en vivo las sensaciones eran las mismas. Otro día que recuerdo con gran emoción fue cuando estuve trotando casi una hora por la playa de Santa Mónica. Mi despertar púber coincidió con la emisión en aquellos años de las primeras temporadas de "Los vigilantes de la playa" con lo que la figura de las rubias socorristas con su inconfundible bañador rojo y sus pechos turgentes y siliconados a juego con sus labios, eran un tótem para mí por lo que era de obligado cumplimiento lanzarme a las finas arenas de Santa Mónica y así lo hice. Recuerdo que me alojaba con mi mujer en un coqueto hotel cerquita del famoso Santa Mónica Pier y al amanecer, crucé el paseo descalzo y comencé a trotar junto a la orilla en una especie de éxtasis que aún hoy me produce escalofríos. Una escuela de surf que comenzaba su actividad, ancianos y jóvenes meditando en paz junto al inmenso océano, la míticas garitas de socorrista con la boya roja como estandarte y, al fin, como si los dioses hubieran confabulado en mi favor, surgió de la nada una diosa de cobre con su cara de Pocahontas, su cuerpo esculpido por el mismísimo Miguel Angel apenas cubierto por un biquini rojo. Agarró una tabla de surf y se dirigió a la orilla. Fue entonces cuando miró mi rostro absorto y sonrió, o eso me encanta creer, para perderse en el océano infinito con su culito respingón y un aura cándida... Y yo seguí corriendo, o flotando, no podría discernir, hasta que regresé a la Tierra tras cruzar la tenue frontera entre la realidad y el mundo onírico tantas veces alimentado por el Cine.
Otras sesiones de jogging como en la playa de Punta Cana rodeado de palmeras y guiris yankees o aquella vez que me perdí por las verdes sendas de una remota comarca del Ampurdán sin olvidar el trote suave por entre colinas y viñedos en la Toscana cuando visité a mi querido Tommaso y los duros sprints bajo el faro de Cala'n Bosch han configurado mi pasado y mi presente de corredor.
Ahora llevo siete años viviendo en Madrid y no logro hacerme con esta caótica y estresante orbe. Apenas tengo amigos con quien compartir esos momentos que hacen de la vida una caja de sorpresas y sólo corriendo logro evadirme a esa vida que busqué con anhelo y todavía no he encontrado. Al principio salía acompañado por mis dos perros hasta que el pobre Milo se hizo viejito de repente y consideró que la contemplación meditativa era mejor ejercicio para un abuelo como él y ahora es Lua mi fiel compañera en el circuito de 9 km que ideé hace ya unos 6 años y que habré recorrido unas mil veces y hoy sigo sin saber por qué corro. Sólo sé que si no salgo por las mañanas cuando el sol apenas asoma y vuelvo con 160 pulsaciones, el sudor resbalando por mi piel y la perra jadeando como una posesa, al día le falta algo y a mi vida también.
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