
De siempre he escuchado a mis mayores que cuando un hombre entra en los cuarenta, se produce un cambio convulso en su orden interno que no hace sino acentuar las desdichas propias con una perspectiva que comienza a sustentarse en los recuerdos y la frustración de lo que pudo haber sido y no fue.
Recuerdo perfectamente cuando mi padre rebasó la peligrosa frontera pues ya con mis tiernos diez años, me gustaba filosofar acerca de todo lo que sucedía a mi alrededor cual repelente niño Vicente. Él pasó de ser una figura hermética, plana, anodina y sin aparentes ambiciones a una figura hermética, plana, anodina y sin aparentes ambiciones. Casi podría aseverar sin riesgo a equivocarme que mi padre nació así y el curso de los acontecimientos que han ido forjando su vida no han mostrado el más mínimo atisbo de variación anímica pero no es él el motivo de esta mi primera reflexión, sino lo que sucede con el resto de los mortales una vez que apreciamos que la vida comienza a escaparse por nuestros dedos sin que nada pueda evitarlo.
A estas alturas de mi vida, con dos vástagos que garanticen la pervivencia de los Gálvez sobre la faz de la Tierra (espero que las futuras generaciones me lo sepan perdonar), una docena larga de proyectos profesionales fracasados y uno en ciernes que huele a fracaso redundante, mil sueños por cumplir y dos o tres conseguidos, he cruzado con más pena que gloria ese umbral frío aunque tenuemente iluminado que son las cuarenta primaveras.
Si bien es cierto que el cuerpo me pide comprarme un descapotable rojo y buscar el Nirvana escondido en alguna playa remota de Cádiz y soñar con que una autoestopista veinteañera paga mi espíritu caritativo con una limpieza de bajos al calor de un atardecer moro, ni el bolsillo permite tales dispendios ni mi cuerpo gobierna con resuelta alegría mi carcomido cerebro.
A mí me ha dado por la aventura tipo Jesús Calleja pero en versión garrafón, es decir, quemar adrenalina pero a ritmo diesel. Vamos, que sacando al aventurero que llevo dentro he decidido demostrarme a mí mismo que todavía soy capaz de hacer todas aquellas cosas que cuando pude hacerlas no las hice bien por mi desmedida afición a los excesos nocturnos, bien por mi dispersión espiritual que me hacía viajar constantemente por una montaña rusa anímica. Desde la tranquilidad de mi atalaya contemplo los años pasados con una mezcla de nostalgia y zozobra viendo que los proyectos inconclusos y los sueños abordados a golpe de deseo más que de acción, superan con creces a las metas logradas, a los objetivos marcados y conseguidos y, claro, ahora la trayectoria vital se torna descendente y me entra pánico al notar que las fuerzas comienzan a flaquear, que veinte años son nada pero cuarenta son muchos y que todavía no huelo a azufre con lo que lanzarse a este tipo de aventuras puede darme un nuevo motivo para seguir soñando.
Y la mejor forma que se me ocurrió para iniciar esta serie de pequeñas locuras vetustas ha sido realizando un trekking de cuatro días por la isla de La Palma donde volví a reencontrarme con mi espíritu aventurero y llegué a la sana conclusión de que el que tuvo retuvo y pese a los diez kilos de lastre que soportaba desde mis tiempos de montañero, aguanté con auténtico estoicismo unas rutas tan duras como hermosas. Teniendo en cuenta que mi compañero de fatigas era un bregado bombero amante del ejercicio y de los desafíos extremos, mi autoestima recibió una sobredosis que no ha hecho sino alimentar más mi aura adolescente.
Y es que para ser honesto la idea de esta aventura provino de él, un vecino miembro del Cuerpo de Bomberos de la Comunidad de Madrid, que harto de escuchar mis recuerdos de batallas juveniles y mis constantes lamentos por los sueños truncados por culpa de una u otra razón, me conminó a lanzar por la borda mis prejuicios y llevar a cabo esos sueños por imposibles que parezcan ofreciéndose a acompañarme a una aventura que me mantuvo oculta hasta el mismo instante en que pisamos el aeropuerto de Barajas y la sorpresa se consumaba tomando un avión a Tenerife. El resto de la aventura fue un constante caminar por paisajes tan sorprendentes como antagónicos, pasando de una selva frondosa y húmeda a mares de arena volcánica donde unos pocos pinos renacían de entre ríos de ceniza y lava solidificada. Entre esfuerzo, sudores y fatiga recorría escenarios de "La guerra de las Galaxias" o "Apocalipsys Now" mientras me insuflaba bocanadas de vitalidad y mis tribulaciones mentales se diluían en el inmenso océano Atlántico durante un baño purificador bajo la atenta mirada del faro de Fuencaliente.
No recordaba un estado de relajación tal desde aquel verano en Formigal cuando descubrí que la felicidad existía y consistía en saborear los pequeños regalos que la vida nos ofrece con envoltorio de rutina.
Quizás fueran los momentos de las cenas los que más recuerdo cuando acunados por una brisa tibia en cualquier terraza semidesierta reponíamos fuerzas mientras nos entregábamos a charlas intrascendentes en las que hablábamos de esto y de aquello sin ningún ánimo de arreglar el mundo, tan solo dejándonos llevar por una noche estrellada y el murmullo del mar hasta que Morfeo nos llevaba a nuevos viajes insondables donde el tiempo no discurría.
Fueron días en los que no pensaba en nada más que no fuera nuestra meta de esa jornada y en disfrutar de un territorio salvaje donde las hordas de turistas "made in Torrevieja" no se sentían cómodos, donde conseguí borrar de mi mente cualquier atisbo de preocupación ya fuera laboral o familiar y donde me dediqué a encontrar al chaval inquieto que hace 20 años buscaba su propia felicidad por caminos distintos a los de ahora. Y déjenme decirles que lo encontré debajo de una cascada de mil colores imposibles, al borde de un volcán apagado y en lo alto de la cima del Teide entre un mar de nubes y un reconocible tufillo a azufre. Y me alegró verle de nuevo. Y le prometí que al menos una vez al año nos reuniríamos en cualquier rincón perdido del mundo donde no cupieran las prisas ni las preocupaciones ni el dolor de dejar atrás historias perdidas en el baúl de la memoria.
Este año quedamos en el Toubkal.
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